Crisis económica y sanitaria como gatillantes de angustia y suicidio.

Fenómeno reflexionado desde la Fenomenología Hermenéutica de Heidegger, M. Ponty y P.
Ricoeur; entre otros autores.

Interior  Claudio CoronadoPs. Claudio Coronado Salamanca(*) Creador de la plataforma psicologoadistnacia.cl 

Valdivia, ciudad del sur de Chile, escogida por sus habitantes como la mejor localidad para vivir en
el país (estudio Chile 3D de GfK Adimark, 2018), albergó el 2019, lamentables noticias sobre el
suicidio consecutivo de un número importante de adolescentes y adultos. Situación preocupante,
que fue tema de discusión obligatoria, especialmente en el círculo de técnicos y profesionales que
trabajamos en salud mental. Pareciese claro que, lo que les sucede a otras personas, no deja a
nadie indiferente, menos cuando se trata de la muerte; tema tabú, y en general fuente de
angustia.
2019, año de revolución social frente a la crisis político-económica chilena, que tiene a la mayor
parte del país sobre-endeudado y sin acceso garantizado a derechos básicos como vivienda, salud
o educación de calidad, muestra la peor cara del capitalismo, pero también nuestras respuestas
más adaptativas ante la percepción de daño, ataque o amenaza a la supervivencia. Las que
describió el destacado científico, fisiólogo de Harvard, Walter Bradford Cannon, como respuesta
de “lucha o escape” (fight-or-flight response). Ante un futuro precario e indigno, vemos por un
lado entonces jóvenes encapuchados, movilizados, tirando piedras, quemando y rayando (fight),
y por otro, a un grupo no menor de pares de la misma edad, paralizado, deprimido e intentando
suicidarse de forma reiterada (flight).
Para reflexionar sobre porqué la crisis económica (y ahora también sanitaria) nos afecta tanto, al
punto de llevarnos a superar nuestras capacidades cognitivas y desplegar los recursos más básicos
de defensa con los que contamos, me permito tomar un concepto acuñado por un filósofo que es
considerado por muchos especialistas como el pensador más influyente del siglo XX y de la
filosofía contemporánea: Martin Heidegger (1889-1976), quien usa el término “dasein” (ser ahí), al
definir la esencia del “ser” de las personas, las que hemos despertado en la realidad “arrojadas” a
un presente continuo, en un mundo del que nunca podemos separar nuestra experiencia, ni
menos pausarla; tratando de ponernos al corriente sobre lo que ocurre mientras tomamos
consciencia, sobre la marcha. Entonces, proyectados siempre hacia delante, nos movemos
dentro de un espacio de “sinfín de posibilidades”; donde la muerte es posibilidad última, aquella
que resulta escenario común, final e inexorable, en todos los posibles. De ahí la angustia sobre
el tema se hace transversal a la humanidad completa; independiente de nuestra de raza, sexo,
riqueza, visión política, credo o etnia, etc.

Quienes adherimos a la corriente de pensamiento derivada de los planteamientos iniciales de
Heidegger (y Husserl), que hoy llamamos comúnmente “fenomenología hermenéutica”, en tanto
trata sobre lo que experimentan las personas acerca de algún fenómeno (vivencias) y el
modo/sentido en que interpretan dichas experiencias, a partir de referentes más amplios puestos
en diálogo con las experiencias particulares (con exponentes como: Nietzsche, Maurice Merleau-
Ponty, Ricoeur, Van Manen y Levinas, entre muchos otros.), argumentamos que el futuro de cada
quien cobraría protagonismo y preponderancia sobre nuestro pasado o el presente, a la hora de
comprender la vivencia y/o sentido individual sobre el dolor, y la psicopatología. En cuanto todo lo
que hacemos estaría relacionado y determinado en primer lugar, por las implicancias que aquello
acarree para las posibilidades cercanas; las que van a terminar limitando los mundos que podemos
habitar y por ende quienes podemos ser en algún momento y contexto determinado. En este
sentido, por ejemplo, no sufriríamos por la pérdida de un ser querido en el pasado, lo que ocurrió
tiene un significado solo en la medida que seguimos vivos, dirigidos hacia algún lado. Como
seguimos deviniendo en el universo, lloramos por no poder estar con esa persona más adelante.
En lo cercano somos alguien sin esa posibilidad, con lo que conlleva en nuestra carne, identidad y
experiencia emocional, eso es lo que duele, todas las posibilidades que se cierran.
La depresión, base en muchos casos de los intentos de suicidio, ocurriría desde este modelo,
cuando en el horizonte de escenarios factibles de ser experimentados, alguien no puede
vislumbrar ninguna alternativa futura de estar bien, o de poder acontecer, a lo menos en
ausencia de dolor; esto porque llega a comprender en su carne, en su corporalidad, que sus
decisiones no tienen ningún peso, que no pueden abrir posibilidades distintas a atmosferas
inevitables de sufrimiento. Esta angustia, muchas veces pre-reflexiva, puede -de forma
comprensible- conducir a alguien a un estado de irritabilidad e ira, que lo movilice hacia formas de
defenderse y luchar, pero también a otros a síntomas más ansiosos, bajones anímicos e inclusive al
suicidio (entendiendo la emoción como predisposición a la acción).
¿Cómo resolvemos esta situación? De tener que recurrir a formas quizás primitivas, y
desesperadas para resolver las crisis. En lo personal creo que, en este sentido todos somos
responsables de que situaciones como estas aparezcan. Porque hemos construido un mundo en el
que muchos humanos no pueden sentirse parte de un tejido social o “tribu” que les permita
posibilidades de acceder a un espacio de bienestar, con al menos sus necesidades básicas
cubiertas -que es lo mínimo-.
Pienso que, en la medida que nadie pide nacer, al tener esto y la muerte como experiencias en
común -con la vulnerabilidad que aquello implica-, resulta tarea de todos, por lo menos
entonces resistir el individualismo en que este sistema nos sumerge, con el fin de asegurarnos
algo de control sobre cómo queremos transitar este camino. Podemos intentar esto, de partida
quizás, educándonos emocionalmente sobre la importancia radical que tienen los vínculos, la
empatía, el respeto y la compasión (con nosotros mismos y hacia otros), sobre nuestro desarrollo,
bienestar y calidad de nuestra existencia. Así nos labraríamos un futuro digno de vivir para todes,
tanto los que están, como quienes serán arrojades aquí.

A nuestros compañeros de recorrido, idealmente, les brindaría a su vez, una sensación de
comunidad, la que se constituye por un sentido de pertenencia a un espacio social, físico y cultural
(nuestras raíces, ya difusas en un mundo globalizado); brindando las oportunidades también, hoy y
en adelante, para que sientan validada su forma diversa de ser. Esto como condiciones básicas
para poder experimentar control y responsabilidad sobre diferentes posibilidades, o destinos. De
esta forma todos encarnaríamos escenarios dignos de ser anhelados y habitados. Futuros con
mayor salud emocional, constituida esta por experiencias que reconozcan nuestra condición
humana; dependiente socialmente, vulnerable emocionalmente y merecedora de un trato justo,
digno y bien tratante para todes, independiente de nuestras diferencias elementales.
(*)Magíster en Psicoterapia Familiar; Postítulos en Psicoterapia de Alta Complejidad y en
Diagnóstico e Intervención en Abuso Sexual; Diplomados en Psicoterapia Fenomenológico
Hermenéutica; en Desarrollo Socio-emocional, en Psicodiagnóstico y en Filosofía de las Ciencias.
Actualmente cursando Magíster en Psicología Social. Correspondencia:
ps.claudiocoronado@gmail.com